Escuchaba hace unos días al presidente de Perú, Alan García, afirmar que “no son ciudadanos de primera” los indígenas que se habían movilizado contra la nueva Ley Forestal. Una norma que abre las puertas a una nueva explotación de
Lo ocurrido esos días en
Esa versión oficial ha descrito algo así como un grupo de salvajes avasallando a los civilizados policías y soldados peruanos que, siguiendo órdenes de Lima, intentaron restablecer la normalidad. Y claro, hay salvajes que no se dejan civilizar y hay que civilizarlos a la fuerza. Las imágenes parecen confirmar esta versión oficial: indígenas con el rostro pintado y empuñando lanzas y flechas acosando a agentes perfectamente uniformados que sólo intentaban mantener el orden, apenas armados con fusiles automáticos y apoyados por helicópteros artillados. Perdonen la ironía pero es que el imaginario de los hechos es tan manipulador como los discursos de cualquier presidente.
No voy a hacer un canto al buen salvaje. No digo que los indígenas, por el hecho de serlo, tengan que ser considerados más inocentes o menos brutales que quienes no lo son. Pero la disparidad de medios y de fines es tan abrumadora que provoca indignación. Y sobre todo parece ocultarse el fondo de la cuestión.
La nueva Ley Forestal abre la puerta a una explotación de los recursos naturales, de los bosques tropicales, de las materias primas que no es nueva. Leía un informe de una organización naturalista en el que se trazaba una similitud de esta nueva Ley y lo ocurrido hace un siglo, cuando la fiebre del caucho abrió
Varias organizaciones de derechos humanos, de defensa del medio ambiente y del mundo indígena han pedido una investigación imparcial sobre lo ocurrido. Incluso han denunciado que las fuerzas de seguridad peruanas han estado haciendo desaparecer los cadáveres de indígenas acribillados.
Fran Sevilla
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