domingo, 7 de junio de 2009

LA VOZ DE TODOS LOS PRISIONEROS

Poeta desde los presidios franquistas, cuando la dictadura mantenía a España convertida en una inmensa cárcel, el poeta Marcos Ana es un mito viviente de resistencia y dignidad democráticas. Con 89 años tiene la cabeza envidiablemente clara y se mueve con agilidad y fuerza sorprendentes. Cuando se le comenta, le gusta argumentar que su verdadera edad es de 66 años ‘ya que hay que descontarme el tiempo que pasé en la cárcel’. Porque Fernando Macarro Castillo --que es su verdadero nombre-- todavía era casi un adolescente cuando entró en la cárcel, acusado de militar en las Juventudes Comunistas durante la guerra civil, y no salió hasta 23 años después. Acabó de crecer y maduró entre torturas, con el mundo reducido al patio de la cárcel. Su juventud quedó en los calabozos. Y en ellos empezó a escribir poemas clandestinos, oculto bajo el seudónimo de Marcos Ana, formado por los nombres de sus padres: Marcos Macarro, muerto en 1937 durante un bombardeo alemán, y Ana Castillo, fallecida al final de la guerra.

Marcos ha pasado estas últimas tardes en la Feria del Libro, firmando ejemplares de su autobiografía ‘Decidme cómo es un árbol’, cuyas páginas reflejan algunas de las lecciones de humanidad que los presos políticos dieron a los verdugos franquistas durante el periodo más amargo de nuestra historia: aquella interminable posguerra, escenario de la sangrienta venganza de una derecha retrógrada, un ejército fascista y una iglesia inquisitorial, despiadadamente ejecutada contra quienes se habían obstinado en defender la legalidad republicana.

Hace tiempo que no me siento a charlar con Marcos, es decir, a escuchar con respeto el desgranar de su memoria. Tiempo atrás, durante la transición democrática pasé muchos ratos a su lado. Entonces yo colaboraba con la comisión internacional del PCE --que aún era un eficaz instrumento de lucha por las libertades-- en la que él se ocupaba de tareas de solidaridad internacional. Lo recuerdo siempre de buen humor, optimista, generoso. Incluso cuando contaba las cosas más duras de su amargo pasado, revestía los hechos con la dignidad, el compañerismo, los irrenunciables ideales que compartía con sus compañeros de celda, de penal, de infortunio.

Una noche me explicó por qué había sido capaz de resistir las torturas durante más de un mes en la Dirección General de Seguridad, a donde había sido trasladado desde la prisión cuando se descubrió que participaba en la organización comunista carcelaria: ‘La tortura es una pelea muy difícil de librar, tanto que llegas a creer que perderás la razón. Pero, aunque me machacaron, no delaté a nadie --decía con orgullo--Lo que me dio fuerzas para aguantar fue pensar qué dirían mis compañeros de mí cuando volviera al penal’. Marcos volvió con la cabeza alta. No tuvo que avergonzarse cuando los suyos lo abrazaron.

Ahora, José Saramago encabeza una propuesta de la Universidad de Granada para que se conceda a Marcos Ana el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Siempre lúcido, Saramago tiene razón una vez más. No creo que nadie merezca ese premio más que Marcos. Porque Marcos representa a cuantos han consumido parte de sus vidas en las cárceles de las dictaduras, castigados por los delitos de defender la libertad y luchar por los derechos más elementales. Y su voz sirve también a los prisioneros de esas aberraciones carcelarias de las democracias más poderosas, como Guantánamo o Diego García, cuyas jornadas se describen perfectamente con los poemas que Marcos escribió tras las rejas del franquismo:

‘Mi vida

os la puedo contar en dos palabras:

Un patio

y un trocito de cielo donde a veces pasan

una nube perdida y algún pájaro

huyendo de sus alas.’