martes, 2 de junio de 2009

EL CAMBIO EN EL SALVADOR

Contemplo, desde la terraza de una habitación cualquiera de un hotel cualquiera, las luces de San Salvador, que se extienden sin fin hacia el centro de la ciudad, que escalan por los cerros y por la falda del volcán. Podría ser cualquier otra ciudad, cualquier otro hotel, cualquier otra habitación. El recorrido por el mundo, el oficio de Vagamundo, dibuja paisajes similares. Pudiera equivocarme y estar en otro sitio. Pero resulta difícil confundirse.Hay países, hay ciudades, hay espacios y momentos que quedan grabados para siempre; rincones especiales que han marcado el recorrido de uno por el mundo. En El Salvador viví no sólo una guerra brutal, sino que confirmé que la maldad existe, que la crueldad es consustancial a la forma de actuar de muchos hombres.Desde esta terraza se atisba, entre las sombras, al pie de un moderno edificio de un banco internacional, la Universidad Centroamericana, la UCA. Hace 20 años allí mantuve entrevistas, escuche palabras, que me marcaron. Palabras que se me grabaron en la memoria y que se transformaron en indelebles cuando se me heló la sangre al escuchar que habían asesinado a los oradores, a quienes las pronunciaban. El asesinato de los jesuitas de la UCA no fue un crimen cualquiera, fue el intento por ahogar en sangre cualquier intento por propiciar la justicia social en El Salvador.Hoy no hay justicia social en este país, no la ha habido a lo largo de su historia, pero comienza una nueva página de esa historia, una nueva esperanza. Mauricio Funes llega a la presidencia después de su victoria electoral a la cabeza del FMLN. Y llega cargado de expectativas para quienes le votaron, para quienes desean que se pueda pedir y, sobre todo, se puede trabajar por la justicia social.Da miedo pensar que esas expectativas puedan frustrarse. Da angustia imaginarse que Funes fracase, que la gente que ha aguardado tanto tiempo, que tanto ha sacrificado, que tanto se ha jugado la vida y se ha jugado la muerte, acabe también con la sensación de que nada cambia. Es un momento crucial para El Salvador, para el “pulgarcito” de América, como lo bautizó Roque Dalton. A él lo asesinaron sus propios compañeros porque la razón no siempre ilumina a quienes dicen defender la justicia. Ojalá esta vez no se asesinen las esperanzas de tantos salvadoreños.